Metaescritura y autoedición

La ironía como recurso literario

La ironía es el hijo travieso del humor que se escapa para hacer travesuras y, a veces, las hace con tanto desatino, que acaba enfadando a mucha gente… pero tiene una virtud y es que no deja indiferente a nadie. Por eso un narrador irónico presta tanta vitalidad a una historia e impide que una historia sea aburrida y anodina. La ironía siempre es signo de creatividad, aunque se debe ser agudo al usarse.

No es exactamente humorística ni exactamente cierta pero para que sea efectiva debe contener estos dos elementos. Juega con la exageración, la burla, el insulto nunca directo y siempre jugando con el ingenio y la sutileza… y se aprovecha de la indolente verdad.

Si no se tiene un buen manejo de la ironía puede caerse fácilmente en la torpeza de caer en otros recursos similares, como la crítica, la censura, el reproche o el vapuleo perdiendo la necesaria nota humorística. Es un estilo tan complicado que para hablar de ello prefiero mencionar una escena de la obra “El Cyrano de Bergerac” que en sí mismo es toda una clase sobre cómo utilizar la ironía.

VALVERT: … (Se dirige hacia Cyrano, que le observa, y se planta ante él con pedantería.) Tenéis… tenéis… una nariz… ¡una nariz muy grande!
CYRANO. (Gravemente.) ¡Mucho!
VALVERT. (Riendo.) ¡Ja, Ja!
CYRANO. (Imperturbable.) ¿Eso es todo?
VALVERT. Yo…

Y aquí es donde Cyrano autoparodia su nariz:

CYRANO. Sois poco inteligente, jovenzuelo…Pueden decirse muchas más cosas sobre mi nariz variando el tono. Por ejemplo:
agresivo: «Si tuviese una nariz semejante, caballero, me la cortaría al momento»;
amigable; « ¿Cómo bebéis; metiendo la nariz en la taza o con la ayuda de un embudo?»;
descriptivo; « ¡Es una roca… un pico… un cabo…! ¿Qué digo un cabo?… ¡es toda una península!»;
curioso; «¿De qué os sirve esa nariz?, ¿de escritorio o guardáis en ella las tijeras?»;
gracioso; «¿Tanto amáis a los pájaros que os preocupáis de ponerles esa alcándara para que se posen?»;
truculento; «Cuando fumáis y el humo del tabaco sale por esa chimenea… ¿no gritan los vecinos; ¡fuego!, ¡fuego!?»;
prevenido; «Tened mucho cuidado, porque ese peso os hará dar de narices contra el suelo»,
tierno; «Por favor, colocaros una sombrilla para que el sol no la marchite»;
pedante; «Sólo un animal, al que Aristóteles llama hipocampelefantocamelos, tuvo debajo de la frente tanta carne y tanto hueso»;
galante: «¿Qué hay, amigo? Ese garfio… ¿está de moda? Debe ser muy cómodo para colgar el sombrero»;
enfático: «¡Oh, magistral nariz!, ¡ningún viento logrará! resfriarre!»;
dramático; « ¡Es el mar Rojo cuando sangra!»;
admirativo; « ¡Qué maravilla para un perfumista!»;
lírico; «Vuestra nariz… ¿es una concha? ¿Sois vos un tritón?»;
sencillo; «¿Cuándo se puede visitar ese monumento?»;
respetuoso; Permitidme, caballero, que os felicite; ¡eso es lo que se llama tener una personalidad!»;
campestre; ¿Que es eso una nariz?… ¿Cree usted que soy tan tonto?… ¡Es un nabo gigante o un melón pequeño!»;
militar: «Apuntad con ese cañón a la caballería!»;
práctico: «Si os admitiesen en la lotería, sería el premio gordo».
Y para terminar, parodiando los lamentos de Píramo: « ¡Infeliz nariz, que destrozas la armonía del rostro de tu dueño!»
Todo esto, poco más, es lo que hubierais dicho si tuvieseis ingenio o algunas letras. Pero de aquél no tenéis ni un átomo y de letras únicamente las cinco que forman la palabra «tonto». Además, si poseyeseis la imaginación necesaria para dedicarme, ante estas nobles galerías, todos esos piropos, no hubieseis articulado ni la cuarta parte de uno solo, porque, como yo sé piropearme mejor que nadie, no os lo hubiese permitido.

Este último párrafo desata las iras del impertinente y da comienzo un duelo a espada, a modo de desagravio.

CYRANO. ¡Siento en mi espada un hormigueo!
VALVERT. (Sacando la suya.) Si lo queréis, ¡sea!
CYRANO. Voy a daros una estocada sorprendente.
VALVERT. (Con desprecio.) ¡Poeta!…
CYRANO. Decís bien… ¡poeta!… y tan grande que, mientras combatimos, improvisaré en vuestro honor una balada.
VALVERT. ¿Una balada?
CYRANO. ¿Acaso no sabéis en qué consiste? (Recitando como si se tratase de una lección.) La balada se compone de tres coplas de ocho versos…
VALVERT. (Riéndose.) ¡No sabía!…
CYRANO. (Continuando.) …y de un envío de cuatro…
VALVERT. Vos…
CYRANO. Compondré una mientras me bato, y tened por seguro que en el último verso seréis tocado.
VALVERT. ¡No podréis!
CYRANO. ¿No?… (Declamando.) «Balada del duelo que, en el palacio de Borgoña, sostuvo, con un importuno, el señor de Bergerac.»
VALVERT. ¿Podéis decirme que es eso?
CYRANO. ¡El título!

Valvert.-¡Ya!

Y comienza el duelo. Mientras baten sus espadas, Cyrano recita sus versos:

Público.- ¡Plaza!-¡Plaza!-¡El lance es chusco!-¡Callarse!
Cyrano.- (Cerrando un momento los ojos)
Un momento: busco
mis consonantes… ¡Ahí va!
(Haciendo lo que dice.)

Tiro con gracia el sombrero;
la capa gallardamente
dejo caer; sonriente
y ágil, mi espada requiero.
Como Scaramouche ligero,
lindo como Celadón,
te prevengo, Myrmidón,
que al finalizar, os hiero.
(Primer encuentro.)
Cortarte las alas quiero.
¿Por donde mecharé el pavo?
¿Por la pechuga o por el rabo?
¿Una en segunda? La espero.
Fino voltea mi acero.
Las cazoletas -din-don-
doblan por ti… En el alón
al finalizar os hiero.
Falta un consonante en “ero”.
Torpe al reñir como un niño
y más blanco que el armiño,
tú me lo das: Majadero.
Para este golpe certero.

¡Tente firme, Ladrón!
Cierro la línea. ¡Atención!,
que al finalizar os hiero.
(Anunciando con solemnidad.)
FINAL
Llegó tu instante postrero,
al quite estoy; me retiro…
¡Una! ¡Dos! ¡Ahí va! ¡Me tiro!
(Tirándose. El vizconde vacila; Cyrano saluda.)
¡Y al final os hiero!

 

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